… viejos amigos

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Dice la canción You Can’t Make Old Friends, que interpretaron juntos Kenny Rogers y Dolly Parton —y que fue compuesta por Donald Schlitz, Caitlyn Smith y Ryan King— que no podemos hacer viejos amigos. Vendrán otros a los que recibiremos y estrecharemos las manos, pero los viejos amigos cuando se hayan ido dejarán un vacío —en el corazón, en la mente y en el alma— que nadie ocupará jamás. Construiremos sitios nuevos para las personas que lleguen, pero solo cuando san Pedro abra las puertas al último en llegar de nosotros dos, solo entonces volveremos a estrechar las manos correctas, a latir al unísono, porque los viejos amigos lo serán siempre: viejos y amigos cuando estamos juntos; viejos o amigos cuando uno se haya ido.

Dijo Mario Vargas Llosa hace cuatro o cinco años en Buenos Aires, cuando presentaba Cinco esquinas, que hay que «seguir vivo hasta el final, no morirse en vida» y que «no hay un espectáculo más triste que el de esas personas que se mueren en vida, que pierden las ilusiones y empiezan a esperar la muerte». Cierto. Aprovechando y adaptando sus propias palabras en «El llamado del abismo» sobre La muerte en Venecia, de Thomas Mann, no importa cuán corta o larga sea una vida, hasta la más breve puede ser tan compleja y profunda como para albergar el reflejo de toda una época histórica. No importa cómo de viejos amigos seamos, nuestra historia ya merece la pena desde que nos dimos cuenta de que somos eso, viejos amigos despidiéndonos con un hasta luego que no sabemos cuándo se hará realidad. Dice también, esta vez en «La vida intensa y suntuosa de lo banal» sobre La señora Dalloway, de Virginia Wolf, que «A veces, en las obras maestras que inauguran una nueva época en la manera de narrar, la forma descuella de tal modo sobre los personajes y la anécdota que la vida parece congelarse, evaporarse de la novela, y desaparecer devorada por la técnica, es decir por las palabras y el orden o desorden de la narración». Cierto, qué importa qué paso, dónde o cuándo; para nosotros lo importante fue —es y será hasta que volvamos a encontrarnos y después vuelta a empezar— cómo hilvanamos nuestros caminos para compartir, construir, derribar y seguir comprendiendo, o seguir comprendiéndonos, por qué no.

Daniel Kahneman, en Pensar rápido, pensar despacio, nos dice que cada uno de nosotros somos dos: Uno que piensa rápido, el emocional —ese al que callaríamos tantas veces—, y otro que piensa lento, el reflexivo —ese al que criticamos por no llegar a tiempo—. Dice que cada uno de nosotros podemos vivir en la teoría, el Econs, o en el mundo real, el Humano. Dice que cada uno de nosotros nos podemos percibir por la experiencia vivida o por el recuerdo de esta —y parece que es prácticamente imposible que las dos formas de vernos lleguen a coincidir—. El papel del tiempo ha sido primordial, dice al concluir el capítulo 38, sobre el bienestar experimentado: «Es lógico describir la vida del yo que experimenta como una serie de momentos, cada uno con su valor. El valor de un episodio […] es simplemente la suma de los valores de sus momentos. Pero no es así como la mente se representa los episodios. […] el yo que recuerda también cuenta historias y hace elecciones, y ni las historias ni las elecciones representan propiamente el tiempo. En el modo de contar historias, un episodio viene representado por unos pocos momentos, cruciales, especialmente los del comienzo, la culminación y el fin. La duración queda en el olvido». Contar nuestras historias.

«El amor es, en diversos grados de intensidad, el milagro imperativo de lo irracional. No es negociable […] Temblar, en lo más hondo de nuestro espíritu, hasta el último nervio y el último hueso, ante la visión, ante la voz, ante el más leve roce del ser amado; luchar, trabajar, mentir sin tregua para alcanzar al hombre o a la mujer amados, para estar cerca de ellos; transformar la propia existencia […] en un instante imprevisto, en la causa y consecuencia del amor; experimentar un dolor y un vacío inefables en ausencia del ser amado, […]; identificar lo divino con la emanación del amor, como todo platonismo […] es participar del más común e inexplicable sacramento de la vida humana. Es, dentro de las posibilidades personales, sentir la madurez del espíritu» (George Steiner, Errata. El examen de una vida). Un dolor y un vacío que no somos capaces de aplacar, solo de integrarlo como una parte más, como un nuevo amigo al que estrechamos la mano al abrirle la puerta.

Una simple canción, tantas veces oída y otras tantas escuchada. «El efecto de la música no es el de explicar algo, sino el de explicarse a sí misma, dijo en más de una ocasión Stravinski. […] “La música provoca sentimientos, no los explica”, escribe con precisión Alexandre Transman […] Pero las emociones de la vida no tienen nada que ver con las emociones inspiradas por la música» (Clément Rosset, «La ofrenda musical» en El lugar del paraíso).

What will I do when you are gone?

Who’s gonna tell me the truth?

Who’s gonna finish the stories I start the way you always do?

[…]

You can’t make old friends.

Not the way we have always been.