La sombra de El comensal

Comparte

Escribir un libro autobiográfico y no mostrar abiertamente los sentimientos que el secuestro y asesinato de un abuelo deben de dejar en quien lo sufre (hasta que muere) y en su familia no parece a priori nada fácil; sin embargo, Gabriela Ybarra realiza una narración aséptica sobre la muerte de su abuelo ocultando ese distanciamiento expositivo entre los verdes Montes Vascos —entre Álava y Vizcaya— que fueron escenario de la muerte de Javier Ybarra Bergé, su abuelo. Mientras, la muerte de su madre refuerza el sentimiento, perdido entre la frialdad desdeñosa, que las grandes ciudades pueden hacernos sentir, de dolorosa impotencia.

Gabriela Ybarra (Bilbao, 1983) presenta El comensal, su primera novela, abordando dos ejes relacionados y, a la vez, forzosamente distanciados entre sí por la costumbre de callar y ocultar sentimientos tan profundos. Estas dos partes que forman la columna central de la novela son el terrorismo de ETA en España y la forma de enfrentarse a la muerte y hablar de ella como si fuera una más de la familia. En un primer momento, hablar en este trabajo de la muerte me pareció evidente y manido; no obstante, descartarlo habría sido como no querer prestar atención a una de las motivaciones que justifican esta novela.

El relato comienza de esta manera tan esclarecedora y contundente: «Cuentan que en mi familia siempre se sienta un comensal de más en cada comida. Es invisible, pero está ahí. Tiene plato, vaso y cubiertos. De vez en cuando aparece, proyecta su sombra sobre la mesa y borra a alguno de los presentes». Indiscutiblemente se refiere a la muerte que ha compartido mesa y mantel con la familia Ybarra, desde sus recuerdos —heredados o vividos— de la persecución terrorista que sufrieron su abuelo paterno y su padre (y por extensión la familia más próxima de este; la autora, aun siendo una niña entonces, recuerda las medidas de precaución que debían tomar a diario). La sutil pero evidente relación por la que pasa de puntillas al referirse a la muerte del hermano pequeño de su padre, etc. Todo, sin restar importancia a la familia materna en esta vinculación con la muerte; cuenta la autora que sus abuelos maternos fallecieron como consecuencia de un cáncer, como también lo haría años más tarde su propia madre.

La manera en la que la autora se enfrenta a la muerte —ese miembro más de su familia—, tiempo después de que su madre falleciera, fue reviviendo aquellos últimos momentos en compañía de su madre: volviendo a los mismos lugares, contactando con las mismas personas… Como si quisiera cerciorarse de que todos los recuerdos son reales y representan escrupulosamente la realidad que recuerda en su memoria y en su piel.

Un momento de especial importancia, o eso parece al leer y releer el pasaje, es el final del capítulo XVII de la segunda parte:

«Gabriela, podrías contar en tu libro que un hombre con un pasamontañas rojo me sacó a punta de metralleta de la cama», me dijo sin venir a cuento. Yo no contesté. No le confesé que ya lo había hecho, pero que desconocía el detalle del color. «Me dejas el diario de guerra del abuelo», le pregunté pasado un buen rato. Mi padre paró el coche en mitad de una rotonda y me dijo: «Ese es mi terreno».

En este fragmento parece que el padre de Gabriela comprendía perfectamente lo que el devenir de la naturaleza, la importancia de la familia y la relación con la muerte significaron siempre en su familia, como si quisiera descargar de esa responsabilidad a su hija. Pero esto es pura interpretación, y no puedo asegurar que ese fuese el sentir de Javier de Ybarra e Ybarra al decir esas palabras.

Algo que sí se puede entender al leer El comensal es la importancia de la familia en las dos experiencias relatadas. La autora nos informa en la Nota previa de que la primera parte —dedicada al secuestro y fallecimiento de su abuelo— la ha podido construir con informaciones rescatadas de los recuerdos que su familia dejó en ella con sus comentarios y con algunas frases silenciadas, y a raíz de su investigación en prensa, en hemerotecas y como resultado de sus búsquedas en internet; quizá por eso, porque no se trata de sus propias vivencias, la narración de esta parte parece distante, como si no fuera una pieza de su vida: «A mi padre y a sus hermanos…»; «Los hermanos pasaron el día…»; «…el hermano mayor entró en el salón cogido del brazo de su mujer»; «Los hermanos mayores caminaban…», y otros momentos de la narración de similar trato algo desprendido para con los que son sus tíos. En ocasiones, la sensación con esta primera parte es la de estar leyendo la descripción de unas escenas de cine mudo o de fotografías en blanco y negro que quedan muy lejanas.

En cambio, en la segunda parte, la relación que nos presenta con su madre es totalmente diferente —lo cual a priori parece lógico al tratarse de una experiencia vivida en primera persona y con su propia madre—, como lo es también la que tiene con su padre y con sus hermanas. El tiempo que su madre pasa en Nueva York recibiendo tratamiento refleja una unión entre madre e hija que las lleva a ir a comprar ropa y dar paseos juntas, descubrir intimidades (a veces fruto del propio tratamiento) e incluso el temor —o el pudor— a descubrir demasiado la una de la otra… De forma paralela, la relación con sus hermanas y su padre se muestra igualmente cercana, aunque en un segundo plano en los primeros momentos de la segunda parte de la novela, pero que cobra prioridad indiscutible la noche del huracán que los cuatro pasan juntos en la habitación del hospital. Quizá esa fuera la última reunión familiar que les permitió conocerse y reconocerse mientras la naturaleza seguía su curso.

Naturalizar la muerte —y no silenciar los sentimientos ante ella— en el ambiente familiar y personal se convierte en la razón de ser de El comensal a través de un eje que concatena y da sentido a todas las palabras de Gabriela Ybarra. Para lograr ese acomodo con el óbito, la autora hace uso de paisajes naturales y de ambientes urbanos y cerrados. Los paisajes exteriores los presenta como fuentes de tranquilidad, de que la vida sigue su curso —aunque sea con la intervención de otros seres humanos, los secuestradores y asesinos de su abuelo, o de una enfermedad, en el caso de la madre—. La tormenta y el huracán —tras los cuales abuelo y madre, respectivamente, fallecen— representan la libertad de los cuerpos angustiados por el sufrimiento de los martirios y de la devastación que captores y cáncer infligen a sus vidas: «Pensé que el ojo de la tormenta se parecía mucho al colon de mi madre. Desde la ventana de la habitación vimos cómo se oscurecía el cielo y se agitaba el viento (…) Pasamos el huracán charlando».

Por el contrario, cuando Gabriela Ybarra nos lleva a lugares cerrados intenta transmitirnos la sensación de seguridad que estos le aportan a ella directamente, pero que en realidad reflejan la angustia e impotencia de no poder enfrentarse y detener la muerte. Como describe en las primeras páginas de la narración: «Desde fuera de la casa parecía que no pasaba nada, pero si uno se fijaba…»; «Dentro de la casa el recuerdo de mi abuelo era asfixiante, imágenes fijas del secuestro que se repetían». Esta separación entre naturaleza y creación humana representa perfectamente la oposición entre la certeza y la necesidad de la muerte en nuestras vidas frente a los artificios humanos creados a su alrededor para disfrazar los sentimientos que la muerte provoca en las personas.

Se puede concluir, después de leer y meditar las palabras de Gabriela Ybarra en El comensal, que efectivamente la relación familiar con la muerte, las relaciones intrafamiliares y la relación y peso de los entornos en la vida de la familia Ybarra forman una trágica y complicada realidad única en la que la cercanía y la distancia, la tormenta y la falsa calma han servido de sutil hilván para dar consistencia a la puntada invisible que la autora utiliza para revelarnos cómo ha sido su relación directa con ese comensal que se sienta a la mesa en las reuniones familiares.

El comensal. Gabriela Ybarra.

Barcelona. 2015. Ed. Caballo de Troya (Penguin Random House). 171 pp.

ISBN: 978-84-15451-55-6